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Transgénicos, ¿fin del hambre o fin del mundo natural?

A.F.

18/09/2009

Las transnacionales se encuentran en carrera por el desarrollo de nuevas especies mientras los movimientos ecologistas piden precaución ante una tecnología que no se conoce.

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Los transgénicos u organismos modificados genéticamente suponen un cambio en la agricultura y también podría suponerlo en nuestra vida. Aún en desarrollo, no se ha descubierto hasta qué punto los transgénicos pueden solucionar los principales problemas sociales o pueden agravarlos e hipotecar la salud humana y la biodiversidad del planeta.

Los transgénicos u organismos modificados genéticamente (OMG) son organismos vivos de los que se han aislado segmentos de su ADN para introducirlos en otro y así crear artificialmente organismos inexistentes en la naturaleza, lo que permite traspasar cualidades de un organismo a otro. Con esta manipulación del material genético en un inicio se pretendía aumentar la producción mediante el desarrollo de una mayor protección ante las enfermedades causadas por insectos o una mayor resistencia a los herbicidas.


Pero, debido a posibilidad comercial que las grandes corporaciones han identificado en las patentes de nuevas especies, las investigaciones han tomado distintas direcciones. Este tipo de alteraciones genéticas pueden hacer que especies como el arroz sea portadora de un mayor número de nutrientes o que la leche de las vaca incorpore vacunas contra enfermedades que afectan a los humanos.

Efectos sobre la salud
La Organización Mundial de la Salud determina la tendencia a aumentar las alergias o la aparición de nuevas enfermedades y tóxicos como uno de los mayores puntos de preocupación dentro de los riesgos que conllevan las alteraciones genéticas en productos destinados al consumo humano o del ganado destinado al consumo.


Por otro lado, hay quienes consideran posible que la manipulación de alimentos pueda acabar con enfermedades como la hepatitis b, aunque la FAO y la OMS advierten del riesgo de la utilización de genes con resistencia antibiótica como los que se usan para retrasar la maduración de los tomates o hacer resistir al maíz ante los herbicidas, ya que se podría dar una transferencia genética al consumidor, lo que podría afectar de forma adversa a su salud.

Según Syngenta el uso de semillas de especies modificadas genéticamente es lo que hará posible el aumento de la población mundial esperado en los próximos años, a lo que, la empresa estadounidense líder en la comercialización de semillas transgénicas Monsanto añade que las semillas transgénicas son la vía para acabar con la desnutrición y el hambre en el mundo.


Mientras tanto, Greenpeace recuerda que la causa del hambre en el mundo no reside en la producción alimentaría mundial, sino en el mal reparto de los recursos, ya que, a día de hoy, se produce suficiente como para alimentar al total de la población mundial y un aumento de la producción solo favorecería la acumulación de riqueza.

Efectos sobre la naturaleza
Ha sido demostrado que el riesgo de que las cualidades de cultivos transgénicos se transfieran a cultivos no transgénicos es real. Esta es una de las consecuencias de las que se vieron afectados los campesinos brasileños y cuyas denuncias fueron ignoradas por la empresa contaminadora Syngenta.


Según Greenpeace los cultivos como los que se encontraban en Paraná albergan peligros como el incremento del uso de tóxicos en la agricultura, la contaminación genética, la contaminación del suelo, la pérdida de biodiversidad o el desarrollo de resistencia a insectos y advierte de que los efectos sobre los ecosistemas son irreversibles e imprevisibles.


Sin embargo, la empresa suiza, dentro de su campaña a favor de los transgénicos, anuncia que el uso de este tipo de semillas aumentará la productividad sobre los campos de cultivo actuales, por lo que la deforestación no será una consecuencia del aumento de población.

Modelos monopolísticos
La gran mayoría de las investigaciones sobre manipulación genética son realizadas por grandes empresas transnacionales o, en su defecto, por países desarrollados lo que, según Miguel Ángel Sandoval, periodista y analista político, autor del libro Transgénicos y derechos indígenas, supone un claro riesgo tanto para el medio ambiente como para los pequeños agricultores y pueblos indígenas. En todas estas investigaciones el objetivo es reducir el costo de producción, lo que releva a un segundo plano los efectos sobre el medio ambiente, la salud humana o la biodiversidad.


Las empresas dedicadas al desarrollo de la manipulación genética se encuentran en lucha continua por conseguir la patente de las estructuras genéticas de las especies más consumidas.Por el momento, las autoridades competentes prohíben el registro de estructuras genéticas anteriores a la manipulación genética por lo que las empresas no pueden lograr el liderazgo en el mercado por ese medio. Al adelantarse las empresas en conseguir patentes a los países en legislar este tipo de propiedades y, teniendo en cuenta que los cultivos transgénicos son contaminantes de los ecológicos, las empresas propietarias de especies de uso generalizado adquirirían una supremacía comercial sin rival, lo que les haría gozar de unos beneficios económicos por tiempo, de momento, indefinible.


Por otro lado, Greenpeace denuncia la tendencia inducida por Monsanto, hacia un mercado monopolizado, ya que, en el modelo de mercado actual la manipulación genética solo exacerbaría el monopolio de unas pocas multinacionales del norte ya que cinco multinacionales concentrarían toda el capital: Monsanto, Syngenta, Bayer, Dupont y Dow.

Una carrera sin normas

El 21 de noviembre de 2006 una milicia armada contratada por la empresa transnacional Syngenta invadió el campamento Terra Livre en Paraná, Brasil, matando de dos tiros a quemarropa al militante del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) Vladimir Mota de Oliveira, más conocido como Keno. Según informa el MST, Keno era uno de los cientos de militantes de Vía Campesina que alrededor de un año atrás habían denunciado los crímenes ambientales de Syngenta.


La empresa de semillas y herbicidas experimentaba con el desarrollo de semillas transgénicas en una granja de 127 hectáreas, situada en el área de amortiguamiento del parque natural de Iguazú, en el que se encuentran las cataratas del mismo nombre. La ocupación se realizó al mismo tiempo que se reunía en Paraná el Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas y el Protocolo Internacional de Bioseguridad que regula los movimientos fronterizos de transgénicos, lo que hizo que la reivindicación adquiriera una repercusión social que empujó al Gobierno brasileño a tomar cartas en el asunto, aunque las medidas impuestas no tuvieron el resultado que los campesinos hubiesen deseado.


El Gobierno brasileño sentenció a Syngneta a pagar una multa de 500 millones de dólares, pago que la empresa nunca efectuó. Más tarde, para su beneficio, el Gobierno de Lula da Silva reformó la ley referente al área de amortiguamiento del parque reduciéndolo de cerca de 10 kilómetros a 500 metros por lo que la empresa quedó dentro de la ley. Una vez más, los intereses comerciales de una corporación prevalecen sobre la naturaleza y el equilibrio social.

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