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22 de noviembre de 2008 | 14:44:00
El camino de las ballenas
Mapa de la ruta

Mapa de la ruta

En el puerto de Orio las gruesas maromas y los remos desgastados, delatan una antiquísima tradición pesquera. Junto al viejo muelle de Orio, encontramos el que ha sido el centro neurálgico del pueblo desde su fundación, hace ya más de seiscientos años: la plaza de la villa.

La empinada Kale Nagusia nos introduce en el casco antiguo. Estas viejas calles destilan de verdad la esencia marinera de Orio. En los dinteles y en los balcones de las casas se encuentran galeones del siglo XVI, los cuales recuerdan el pasado glorioso de capitanes y balleneros.

Por encima de los tejados de la Kale Nagusia despunta el campanario de la iglesia de San Nicolás. San Nicolás es la parroquia de Orio, y también es el nombre que muchos marineros de esta villa pusieron a sus barcos. Incluida su trainera, la amarilla, la que más triunfos ha logrado en las regatas del Cantábrico.

Abandonamos Orio camino de Zarautz, y entre las verdes praderas que rodean el camping de Zarautz, encontramos un camino que nos conduce a lo que parecen ser las ruinas de un castillo, pero en realidad es el antiguo cargadero de Punta Mollarri.

La de Zarautz es la playa más larga de Gipuzkoa. Donde hoy se surfea, hasta el siglo XIX los pescadores varaban sus txalupas en la orilla, porque no había puerto.

Frente al mar, podemos descansar en uno de los hoteles más famosos de la costa: el de Karlos Arguiñano.

En el otro extremo de la playa, la occidental, descubrimos un palacio de ensueño. Es el Palacio de Narros.

Nos adentramos en el Zarautz histórico por Kale Nagusia, y nos sale al paso la espectacular Torreluzea. La ordenó constriuir hace ya más de 500 años el Señor de Zarautz, para que aquí residiera su hija.

Caminando entre calles, la historia sale de nuevo a nuestro encuentro. En la calle Azara, descubrimos la escena de una txalupa de balleneros arponeando un cetáceo. Y es que en esta calle vivió el capitán ballenero Ganboa, quien navegó hasta la Península del Labrador, en Canadá.

Al fonde de la Kale Nagusia nos topamos con el edificio más antiguo de Zarautz: la iglesia de Santa María la Real.

Abandonamos Zarautz, y camino de Getaria vamos a ascender al mirador de Santa Bárbara. Para acceder hasta la atalaya de Santa Bárbara tenemos que ir por una desgastada calzada de la Edad Media que pasa entre preciosos viñedos de txakolí.

Al borde del camino, encaramada en un altozano, descubrimos una perfecta atalaya ballenera: es la ermita de Santa Bárbara. Protectora contra rayos y truenos, y patrona por eso de todos los artilleros de mar y de tierra. Desde aquí se domina toda la costa oriental guipuzcoana, con una vista excepcional de Zarautz, y es el mejor emplazamiento para avistar cetáceos o escudriñar el movimiento de las embarcaciones.

El camino desciende entre suaves lomas hacia un edificio rodeado de viñedos. Es la bodega Txomin Etxaniz.

Entre terrazas de txakolí, seguimos la antigua calzada que unía Zarautz y Zumaia, hasta encontrarnos con el mismísimo ratón de Getaria.

Getaria es cuna de navegantes. La figura de Juan Sebastián Elkano recibe al visitante frente al Ayuntamiento.

En Getaria todo va hacia el mar. Pero en el camino topa con la fortaleza de la iglesia de San Salvador. En esta iglesia también encontramos exvotos.

En el siglo XXI, la marinera Getaria sigue siendo una de las villas más prósperas de Gipuzkoa. Al igual que cuando se fundó, hace nada más y nada menos que 800 años.

Sobre la cabeza de su famoso ratón se levanta el faro de San Antón, que señala el camino a casa a los navegantes desde hace siglos. Y desde aquí podemos ver la ermita de San Pedro de Elkano, barrio en el que precisamente nació el navegante más famoso de Getaria: Juan Sebastián Elkano.

La torre de la ermita medieval de San Pedro de Elkano está elevada entre caseríos, como una atalaya destinada a otear el horizonte o a lanzar algún aviso. Desde San Pedro de Elkano todavía hoy en día se disfruta una de las mejores vistas de toda esta parte de la costa.

Arriesgándonos a recibir el golpe de una ola, surcamos la carretera de la costa, la Nacional 634, batida casi constantemente por la espuma, y a menudo desmantelada por la fuerza del agua hasta llegar a Zumaia.

Cruzando el Urola encontramos la Zumaia primitiva. Destacando sobre el resto de la villa, se alza la imponente estructura de la iglesia de San Pedro. Construída sobre una roca elevada, parece un castillo más que una iglesia.

Saliendo de la iglesia, en el horizonte asoma el perfil de una ermita que aparece colgada de un abismo: San Telmo. Cada primer lunes siguiente al de Pascua, el santo, con su barquito velero en las manos, baja del retablo para ir de procesión a hombros de los pescadores. Desde que se fundó la Cofradía de Mareantes en el siglo XVI, San Telmo reserva para sus representantes un sitio en el doble coro. Los pescadores saben donde está Zumaia porque ven la silueta de San Telmo antes que su faro.

En la costa ya no hay ninguna cala en la que resguardarse. Pero queda un sendero que recorre los acantilados más espectaculares de Euskal Herria. Estos acantilados son el relato abierto de la historia geológica de la tierra durante 50 millones de años. En uno de ellos pueden leerse la explosión de un meteorito que ocasionó la desaparición de los dinosaurios.

Continuamos viajando de la costa al interior, hasta una colina que los navegantes divisan antes que ningún otro lugar. Como es lo primero que ven le guardan especial cariño a la virgen de Itziar.

El santuario de Iziar está en un lugar estratégico, paso obligado de las mercancías, viajeros y peregrinos que circulaban por la secular calzada de la costa.

Terminaremos nuestro viaje recalando en el que fuera antaño uno de los más importantes puertos de Gipuzkca, Deba. Hoy en día es destino de turistas y ya no tiene puerto.

El comercio, la marinería y la construcción naval le dieron con los años, todo lo que Deba tiene hoy por estar a la orilla de un camino que del río sale al mar. Por él viajó muchísimo mineral de hierro en gabarras que tenían por destino las ferrerías de Elgoibar, Plazenzia o Eibar. Aquí los mercaderes llegados de Vitoria y Castilla embarcaron lana y cereales rumbo a todos los mares, para llevar en el viaje de vuelta la grasa de las ballenas vascas.

Entre las calles de una villa cerrada sobre la ría, se eleva el templo cúbico de Santa María. Algunos se han atrevido a decir que su torre se hizo para vigilar a los piratas normandos pero no es más que un simple campanario cuyo pórtico protege una portada polícroma única. Es la gótica con los doce apóstoles, los 36 músicos, ángeles o poetas en las arquivoltas y las escenas de la vida de la virgen en el tímpano.

El 4 de noviembre a las 19:00h. en ETB-2
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