Por los valles más escondidos de Treviño y la Montaña Alavesa discurren las aguas del pequeño río Ayuda y una maraña de arroyos afluentes, que forman un laberinto de barrancos, acantilados y pináculos rocosos en los que se pierde el sentido de la orientación. Aquí se ocultan más de 100 cuevas artificiales, excavadas por el hombre hace muchos siglos. Una auténtica civilización rupestre que reúne algunas de las iglesias y cementerios cristianos más antiguos de Euskal Herria y que podemos explorar siguiendo los senderos de esta ruta secreta por las cuevas sagradas de Treviño.
Igual que hace siglos, en los valles altos de Treviño y la Montaña Alavesa, crece robusto el trigo de primavera. Los campos de cereal que fueron ganados al bosque por el hacha y el fuego ocupan todas las zonas planas de la cuenca del río Ayuda y penetran por los estrechos valles laterales o lenguas verdes entre los árboles.
Por uno de esos desfiladeros sin salida, llegamos al pueblo de Faido.
Un sendero empinado nos lleva entre los arbustos hasta las cuevas de San Julian y San Miguel, y una puerta abierta en la peña de caliza margosa nos invita a entrar en el interior.
A través de la puerta vemos el otro lado de la barranca, con paredes aún más altas, en las que se adivina la silueta de una iglesia incrustada en la roca.
Dominando el valle de Faido, en lo alto de un risco, se alza la iglesia de Nuestra Señora de la Peña a la que se accede por una estrecha y empinada vereda.
Aunque la subida nos haga sudar, merece la pena llegar hasta aquí, para descubrir uno de los lugares más emocionantes de la geografía alavesa. La ermita aún está viva aunque sólo se utiliza una vez al año.
Desde Faido saltamos al siguiente valle hacia el este, al de Laño, para desde ahí acercarnos a las Gobas y San Torcaria, cuevas realmente sorprendentes.
El pueblo de Laño está al fondo de este estrecho valle. Nosotros viajamos en dirección norte, desde el fondo del valle hacia la puerta del mismo. Puerta que forman dos paredes rocosas.
Exploramos primero la pared oeste. Las Gobas, así se llama este paraje en el que aquellos labradores del siglo VI, siguiendo el ejemplo de los viejos ermitaños, buscaron el abrigo de estos acantilados, para crear sus iglesias.
San Torcaria, al otro lado del valle. En el risco de San Torcaria es sorprendente encontrarse con alguien, pero a veces ocurre. Hay que buscar una senda junto a la carretera que asciende al resguardo del bosque para llegar hasta la base de la pared. Pero hay quien no se conforma con la base de la pared.
Un sendero, que entonces debió de ser la calle mayor de este poblamiento, recorre toda la base de las paredes. Por él llegamos hasta la primera iglesia, donde podemos descansar en el banco de piedra que recorre toda la pared.
Enfrente, las Gobas que hemos visitado antes. Seguimos caminando por el sendero de San Torcaria para descubrir nuevas formas oradadas en la pared.
La galería de árboles está llena de susurros de voces del pasado que surgen de las piedras. Nos sorprende la acumulación de iglesias en este valle minúsculo. Son por lo menos cuatro entre las dos paredes que enmarcan la entrada del valle.
Abandonamos el valle de Laño saliendo por el estrecho desfiladero, en dirección nordeste. De Laño vamos a ir al pueblo de Markinez pero sin entrar todavía en él porque un par de sorprendentes rincones nos aguardan en sus proximidades.
Markinez, con su iglesia casi apoyada sobre la ladera, nos sirve de referencia para encontrar la senda del arroyo Gurtatia. Este camino nos conduce, sin complicaciones, hasta las cuevas de San Salvador. Bajo una visera natural de piedra, se abren las bocas de estas pequeñas grutas.
Penetramos por una de las ventanas y vemos que, a pesar de su nombre tan sagrado, no tiene aspecto de iglesia, sino más bien de una minúscula vivienda. Hasta hace poco ha sido utilizada como abrigo de pastores, degradando lo que fue una santa capilla hace 1500 años.
Justo a la espalda del pueblo de Markinez, se extiende el sorprendente barranco de Sasualde. Es una quebrada deshabitada la que el agua y la erosión diferencial de la caliza han creado un laberinto mágico de mesetas, tablas colgadas y torreones que parecen a punto de desplomarse al vacío.
La iglesia de Markinez, oculta la base del gran peñón de Askana y unas escaleras talladas en la piedra, nos conducen a la ermita rupestre de Santa Leocadia, excavada en el interior de la peña.
En las afueras de Markinez hacia el norte vamos a visitar la ermita románica de San Juan y el monolito de la peña del Castillo. Están apenas a unos centenares de metros del pueblo.
Siguiendo la carretera que va al pueblo de Arluzea, encontramos enseguida una pista que va a la izquierda que nos llevará hasta una de las joyas del románico alavés, la ermita de San Juan de Larrea.
Esta roca agujereada fue un castillo, la llamada Peña del Castillo, una auténtica fortaleza en miniatura. Con su aljibe para recoger agua de lluvia vaciado en el interior de un torreón natural de roca viva. Y con unos peldaños tallados en la piedra, que conducían por una escalera secreta hasta lo alto de la Atalaya. Una torre defensiva que completaba su altura con fuertes muros de piedra y, desde la cual, podía vigilarse todo el valle de Markinez.
En este valle secreto y perdido cada peña parece una roca o un castillo y las piedras calizas se vacían para convertirlas en refugios. Esta es una tierra salvaje.
Al oeste de Markinez se levanta la meseta de los rasos del Gurugú, donde viven los mejores caballos de montaña de Álava. Y si seguimos su galope hacia el Oeste, llegaremos a Sáseta y de ahí, atravesando el cañón, del río Aiuda hasta Okina, el final de nuestra ruta.
Sáseta es la llave para acceder al cañón de Okina, la hendidura que se ve en el horizonte, cortando la línea de montes. Es un pueblo que pertenece al enclave del condado de Treviño.
Desde Sáseta el camino enfila directamente hacia el norte. Es un tramo de un antiguo camino real, una pista ancha y cómoda por la que circulaban las mulas cargadas de pellejos de vino y volvían días más tarde llevando en sus alforjas pescado seco y herramientas de hierro.
Discurre en paralelo a las aguas transparentes del río Ayuda y se interna progresivamente en un corredor cada vez más sombrío y estrecho. El río es en este tramo un simple arroyo saltarín que en cada recodo nos invita a bajar a refrescarnos en sus pozas de agua helada.
Este riachuelo de apariencia inocente es el que ha cortado limpiamente la barrera calcárea de los montes de Vitoria formando el cañón por el que se trazó este camino real también conocido por el del vino y el pescado por ser éstos los productos más acarreados por la zona.
El cañón tiene algunos pasos estrechos que fue necesario ampliar a golpe de pico. A sus lados se alzan paredes que en algún punto alcanzan los 100 metros de altura pero que difícilmente podremos ver porque nos lo impiden las ramas de los árboles.
Este pasillo oscuro entre las hayas comienza a abrirse según ascendemos sin apenas notar la cuesta, entonces el río se remansa y descubrimos las primeras praderas jugosas a las que habitualmente vienen a pastar los potros y terneros de los pastores de Okina, nuestro destino final.
Okina es una aldea ganadera en el corazón oriental de los montes de Vitoria. Alta y tan fría en invierno que algunos días queda aislada por la nieve.
Hemos recorrido algo más de 20 kilómetros por una tierra casi virgen que no ha cambiado demasiado en los últimos 1000 años.
Desde las cuevas sagradas de Faido y Laño hasta los barrancos de Markinez con sus torreones de roca para llegar, finalmente, al cañón del río Ayuda, entre Sáseta y Okina. Sorprendente paseo por las tierras altas de Treviño y la montaña alavesa.