Segura siempre hizo honor a su nombre. Fundada para crear una ruta segura entre los reinos de Castilla y Francia. La espiamos desde la vieja ferrería de Ondarra, al borde mismo del río Oria.
Segura sólo tuvo que defenderse a cañonazos durante las guerras carlistas pero estas troneras intimidaban a posibles enemigos.
Calle Mayor de Segura: En el S.XVI en Segura había 21 notarías, más que en Bilbao. Los palacios de Jauregi, Arbizarra, Guevara...confirman la prosperidad que tuvo esta villa. Todavía vemos las casas de los grandes mercaderes y notarios que se enriquecieron con el Camino Real.
Pero cuándo este camino perdió su importancia, a finales del s. XVIII, Segura quedó congelada en el tiempo. Y aquella desgracia es hoy un privilegio que nos permite contemplar intacto su esplendoroso pasado.
La ferrería de Arrabiola: un monumento a tamaño natural a las decenas de ferrerías que poblaron el río Oria. Y es que, aquí, quien no hizo negocio con el transporte de mercancías, lo hizo con el hierro.
Zegama era el último descanso posible que tenían los viajeros antes de comenzar a trepar las laderas de Aitzgorri.
En la iglesia de San Martín vemos que su portada se concibió como ejemplo moralizante, con la imagen de San Martín a caballo; un jinete rico compartiendo su capa con el pobre.
Junto al río Oria, en las afueras de Zegama, todavía aguanta en pie Ugarte-Zahar, una venta caminera de hace 500 años. Los mulos y caballos tenían su propio lugar de avituallamiento, y aquí se hospedaron las comitivas de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, y la del mismísimo emperador Carlos V.
La ermita de Sancti Spiritus era más que una ermita porque aquí aguardaba permanentemente un monje con el único objetivo de auxiliar a los caminantes que necesitasen ayuda,... y todo en nombre del Espíritu Santo.
El túnel de San Adrián era la llave del camino Real, y necesitaba estar protegido, por los hombres y también por los santos. Aquí hubo una guarnición militar vigilando el paso, una hostelería y taberna y esta ermita para ofrecer protección espiritual, a quien se adentrara en este tenebroso pasadizo. Aquí los viajeros llegaban ya agotados, y muchas veces, el túnel era la puntilla.
Sólo podemos imaginar el temor que hace cuatrocientos años sentían aquí los viajeros, porque en los recovecos del túnel solían agazaparse lobos hambrientos, bandoleros que asaltaban a los viajeros, con quienes puede que la noche anterior hubiesen estado compartiendo mesa en la taberna del túnel.
Se dice que el mismísimo emperador Carlos V tuvo que desmontar de su caballo para salir por la boca sur del túnel de San Adrián. Precisamente que no pudieran pasar carruajes ni diligencias por el túnel fue lo que provocó el cierre de esta ruta a finales del S.XVIII.
Al collado de Lezearan también se le conocía cómo el collado de la Horca, probablemente porque aquí se ajustició públicamente a uno de los bandoleros del túnel.
En un claro del bosque encontramos un crater lleno de agua y, aunque parezca increíble, es el agujero de una exploración petrolífera del siglo XX. A este lugar se le conoce cómo Petroleras porque aquí estuvieron haciendo sondeos para extraer petróleo hace 80 años. Pero nunca encontraron el oro negro.
Hace siglos un enorme olmo sobresalía por encima de todas estas hayas y servía de señalización natural a los viajeros. Además dio nombre a este bosque Zumarraundi, el gran olmo.
Ermita de San Julián y San Basilisa; Este misterioso templo es lo único que queda de una aldea milenaria ya desaparecida llamada Aistra. Esta ermita tiene más de 1000 años, y es una de las más antiguas del País Vasco. En el centro de su ábside encontramos una estrecha ventana prerrománica, de estilo asturiano.
La villa de Zalduondo fue propiedad del rey y controlaba estratégicamente el camino Real, de hecho entre las casas del pueblo localizamos el antiguo hospital de Santa Casilda, en el que se atendía a los viajeros del camino. En 1384, el rey Juan I regaló Zalduondo al Canciller López de Ayala y de sus sucesores pasó a los Guevara, descendientes del Conde de Oñate.
El portentoso palacio renacentista de los Lazarragas lleva 500 años haciendo más bella a Zalduondo. Además tiene guardia propia, los dos gizones que nos vigilan sobre la puerta, impasibles al paso del tiempo.
Los gizones no se alteran ni siquiera en un día especial para Zalduondo; el domingo de Carnaval. El de Zalduondo es el carnaval más curioso de Álava. Los gizones no se inmutan ante la algarabía que se forma a sus pies. El protagonista del carnaval de Zalduondo es el estrafalario Marquitos, que es paseado por todo el pueblo en compañía de otros personajes carnavalescos. Pero a Marquitos poco le dura la fiesta, porque es ajusticiado en la hoguera como causante de todos los males de la villa. Marquitos es un símbolo, y al ser pasto de las llamas, quedarán expiados los pecados de todos los habitantes de Zalduondo. Se cumple así uno de los rituales del calendario festivo de Álava.
En la iglesia de San Millán se reunían en la Edad Media todas las aldeas de la hermandad de Eguilar, es decir, todos los labradores de la comarca, para defenderse de los abusos de los grandes señores feudales.
Las txarribodas siempre nos recuerdan a tiempos pasados. Primero hay que limpiar bien la piel del cerdo para pasar luego al despiece. Escenas como esta de la vida cotidiana han caido casi en el olvido, pero afortunadamente, en nuestro paso por Ordoñana, hemos podido recuperarla.
Salvatierra: Las murallas de Salvatierra eran sinónimo de salvación para los viajeros que llegaban de las inseguras estribaciones de Aitzgorri.
Por la calle Mayor de Salvatierra bajaban los arrieros con sus caravanas de mulos tras haber pagado peaje en la puerta norte de la ciudad.
La plaza en la que se levanta la iglesia de San Juan en Salvatierra siempre ha sido el centro neurálgico de la villa. Aquí en un día de mercado de hace 500 años, se hacían y deshacían cientos de tratos. Y bajo los soportales, arrieros, peregrinos y viajeros, recordaban los sufrimientos pasados en el túnel de San Adrián o especulaban sobre lo que podrían encontrarse allí si iban en dirección a Francia.