Un recorrido por el sur de Alava nos lleva a descubrir las huellas de una vieja frontera: la que separaba hasta el siglo XII los reinos de Navarra y Castilla. Sus restos son castillos roqueros de vigilancia con vistas espectaculares, viejas ciudades amuralladas, y orgullosas torres feudales que controlaban el paso de los viajeros y los ejércitos enemigos. Ascenderemos hasta lo más alto de la Sierra de Cantabria, y nos sumergiremos en ondulantes viñedos. Esta es la ruta del vino y los castillos.
En septiembre, los viñedos de El Salto de Labastida, junto al río Ebro, son un hervidero. Las uvas están en su punto y hay que recogerlas con rapidez.
El río Ebro es la frontera natural de estas tierras ricas y fértiles, que están protegidas de los vientos del norte por la alargada Sierra de Cantabria. Desde el Ebro nos dirigimos hacia el norte, y el primer bastión defensivo que encontramos es Labastida, que creció en esta colina para guardar las fronteras del Reino de Navarra.
Seguimos a uno de los tractores utilizados en la vendimia para entrar en Labastida. Por la calle Mayor de Labastida llegamos a la Plaza de La Paz que está delimitada por tres imponentes edificios. El primero es el actual Ayuntamiento, una joya arquitectónica del siglo XVIII declarada Monumento Nacional.
A su izquierda, el Palacio de los Salazar, hoy Casa de Cultura, parece querer hacerle la competencia en elegancia. Por algo Labastida es la villa que más escudos de armas tiene de toda la Rioja Alavesa. La fuente del centro de la plaza está al pie de la monumental iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.
Vamos a ascender hasta la colina en la que se encuentra el Santo Cristo. Y lo vamos a hacer pasando bajo la Puerta de Toloño, la más antigua de las que permitían atravesar la muralla medieval que defendió la villa. Desde aquí iniciamos la subida al llamado Cerro del Castillo.
Abandonamos por el momento las tierras del sur, y continuamos hacia el norte. Y justo en lo más alto del Cerro del Castillo cogemos una pista de tierra que nos llevará hasta la granja de Nuestra Señora de Remelluri, para luego ascender hasta la cima de Toloño.
El Sendero del Calvario, así se le llama a este camino, que nos lleva sin pérdida hacia la Sierra de Cantabria. Desde el mismo cerro de Labastida seguimos la vereda del Calvario que, mirando al Toloño, se encamina hacia la sierra.
Nos vamos a desviar ligeramente hacia el este, para visitar la veterana Granja de Nuestra Señora de Remelluri, una plácida bodega en la que podremos hacer acopio de fuerzas antes de la dura ascensión a Toloño. Y si llegamos en época de vendimia, el espectáculo está asegurado.
Desde Nuestra Señora de Remelluri vamos a seguir ascendiendo hacia la cima de Toloño. Y por el camino seguro que encontramos algunos rincones que nos atrapan.
Bordeando ruinas de viejas granjas, vamos a llegar hasta la ermita de San Ginés. Un remanso de paz en plena solana, entre sombras frescas que abrigan al templo de piedra. En el interior se guardan las imágenes de San Ginés, San Lorenzo y San Juan, protectores de las cosechas, de los pobres, y de las aguas y el campo.
Desde San Ginés sube unos de los caminos históricos hacia Toloño. Seguramente el que siguieron los monjes que habitaron el santuario situado en la montaña. Nosotros abandonamos estos viejos muros para continuar nuestra ruta, no sin antes mirar atrás para contemplar lo increíblemente remoto que parece este lugar.
Y llegamos a la cima de Toloño, la cumbre que da nombre a toda la Sierra. La Sierra de Cantabria separa espacios y paisajes. Es el mejor escudo para abrigar a los viñedos riojanos de los fríos vientos del norte.
Pero antes de atacar la cima de Toloño, los restos de la Ermita del Humilladero nos invitan a que hagamos una parada de descanso en esta pequeña terraza natural. Este es un buen sitio para descansar, porque la vista es magnífica.
Doscientos metros más arriba, entre bloques de roca, nos aguardan otros vestigios de vida monacal y guerrera, que ahora sólo tiene la compañía de los buitres.
Lo primero que encontramos es un enorme socavón circular, construido por la mano del hombre. Es una de las neveras del antiguo Santuario de Toloño.
Todavía unos metros más arriba, se recorta contra el cielo limpio el convento de Santa María de Toloño, levantado en el siglo XIV con las piedras arrancadas al castillo que hubo aquí previamente. La sala capitular del templo desafía todavía al paso del tiempo, manteniéndose en precario equilibrio.
Los caballos salvajes que pastan y galopan en las praderas cercanas a Toloño, fueron los únicos acompañantes de aquellos guerreros y monjes solitarios.
Desde el poste geodésico de Toloño miramos hacia el norte, y descubrimos otra defensa amurallada: Peñacerrada.
Descendemos al río Inglares para explorar las poblaciones de Berganzo y Ocio.
Berganzo está partido en dos por el río Inglares. Río que se encajona a su paso por el llamado Puente de Abajo.
Salimos de Berganzo en dirección oeste. Y lo hacemos siguiendo el antiguo Camino Real, que discurre por la ribera izquierda del río Inglares. La última edificación que encontramos antes de abandonar definitivamente Berganzo es la Ermita de la Virgen del Campo.
El Camino Real, siempre paralelo al Inglares, nos conduce hasta otro enclave estratégico. Sólo tendremos que caminar tres kilómetros para llegar hasta él. Ya lo vemos recortado en el horizonte. Es el castillo de Ocio.
Las aguas del Inglares discurren mansas hacia el oeste. El río recorrerá todo el valle, hasta fundirse con el Ebro. Aquí lo abandonamos aquí, porque como el Camino Real, nos vamos a desviar hacia el sur, pasando por Salinillas de Buradón, para ir al encuentro con el Ebro y completar así el círculo de nuestra ruta.
Salinillas de Buradón es una villa amurallada a la que se accede por dos puertas encastilladas. Entramos por la puerta norte y recorremos la calle Mayor y la calle Laurel vemos los mejores palacios de la villa. La iglesia de la Inmaculada no es el edificio más famoso de Salinillas ya que comparte protagonismo con su vecino, el Palacio de los Condes de Oñate.
Vamos abandonando Salinillas de Buradón, hoy una población solitaria, pero que hace 700 años era una de las más ricas y bulliciosas de la comarca, gracias a la explotación de las salinas que aquí abundaban. Salimos por la puerta sur que es la original de hace siete siglos y dejamos atrás el casco apretujado de casas y palacios de Salinillas de Buradón. Cerramos el círculo de nuestra ruta hacia el sur, volviendo a acariciar las aguas del Ebro.
Las llamadas Conchas de Haro cierran nuestra ruta. Porque aquí, en estos abruptos riscos también se levantó una fortaleza de vigilancia: el Castillo de Buradón, el último de la frontera del reino de Navarra, enfrentado al más oriental de los castillos castellanos, el de Bilibio, situado en las peñas de la ribera opuesta.
En esta herida abierta en la montaña por el río Ebro, finalizamos nuestro recorrido. Un viaje de unos 27 kilómetros con inicio y final en el Ebro, y con escalas en Labastida, Toloño, Berganzo, Ocio y Salinillas de Buradón.
El Ebro es una frontera natural, pero también es quien alimenta las vides que hemos visto hoy, además de un camino que nos puede llevar todavía más lejos.