El camino del hierro
Datos Ruta
Comenzamos nuestra ruta en el funicular de Larraineta, construido en 1926 para romper el aislamiento de los más de cinco mil mineros que cada día iban a los tajos entre estas colinas. Lo sigue moviendo la misma máquina suiza de siempre por pendientes del 25 al 35 por ciento pero así ataja ocho kilómetros de sinuosa carretera, casi impracticable hace casi un siglo. Ahora solo suben viajeros pero no hace muchos años subían también mercancías y camiones.
Desde la estación de La Arboleda contemplamos unos evocativos murales que nos cuentan la vida de los mineros y bajamos a un parque que ya no es lo que era. En este parque estaba el coto "Parkotxa" donde, a cielo abierto o en oscuras galerías, cientos de picos martilleaban las rocas para arrancar el mineral.
La Arboleda nació y creció en torno a las minas. Las casas se levantaron casi al borde mismo del tajo en un poblado que se hizo con dieciocho calles, plaza pública, Casa del Pueblo, iglesia de Santa María Magdalena y hasta un hospital necesario para atender rápidamente a los heridos en los frecuentes accidentes. Casi como en las películas del Oeste americano pero en Bizkaia y en 1877.
En la plaza se reunían los mineros en el escaso tiempo de ocio, puesto que trabajaban incluso los domingos. También en esta plaza se gestaron los primeros movimientos obreros que fueron de carácter socialista, lo único que podía unir a la mini sociedad que formaba la torre de babel de inmigrantes que aquí vivían.
El combustible que los mineros utilizaron para mover sin descanso sus barrenos y picos estaba hecho a base de cocido de alubias con sacramentos. En la tradicional Casa Sabina nos tomamos un respiro para degustar uno de los mejores encuentros con el plato por estas tierras, placer ahora de los viajeros.
Dejamos atrás La Arboleda avanzando hacia el viejo camino minero de Triano entre jóvenes pinares que han repoblado las escombreras de las minas. Y pronto nos sumergimos en un laberinto de calizas, helechos y musgos. Es el escenario fantástico de la mina Pickwick, "la Pikui". Estos pasadizos estuvieron algún día cubiertos por los filones de mineral de hierro. Palmo a palmo fueron perseguidos y limpiados por los picos y barrenas de los mineros, que sacaron su preciado tesoro a lomos de pequeños caballos hasta los cargaderos de los trenes.
Armados de palos... de golf, descubrimos que donde antes se depositaban los lodos de la Mina Carmen, explotada con capital inglés, ahora podemos entregarnos al más británico de los deportes. En los hoyos de Meaztegi, como los primeros golfistas vascos, que tenían apellido inglés.
Vamos a subir un trecho a las lomas situadas al pie de los montes de Grumeran. Para dejarnos seducir por las historias de las minas en el Centro de Interpretación de Peñas Negras.
Nos dirijimos ahora hacia el descampado arrasado en el que afloran los restos de la Mina Elvira, donde un puñado de mineros vivían aislados del mundo. Encontraremos la ruina de la ermita de Nuestra Señora de la Piedad a la que los mineros tenían permiso para venir los domingos a rezar la misa.
El templo y la casa del capataz es lo único que ha sobrevivido al tiempo. Los barracones habitados por los mineros ni siquiera han resistido un centenar de años a la intemperie, tal era su precariedad.
Seguimos las trincheras del teleférico por los abismos de la mina Impensada hasta el Sauco. Sobre una mina inundada en la que croan incansables infinidad de ranas se eleva la ruina de la Cooperativa de El Sauco. No había otro sitio donde comprar víveres y hasta este mercado lo controlaban los patronos.
Seguimos el camino del mineral hacia el valle, con la tierra de Galdames a la vista. Bajando nos topamos con un escondrijo, un refugio, un manantial y un santuario. En las fauces de la Cueva Urallaga las entrañas de la tierra asoman al exterior por el filón de la Pepita y arrojan un río limpio sobre el valle en un ambiente cargado de misterio y de leyendas.
Cada 22 de julio esta silenciosa cueva se llena de bullicio durante la romería de La Magdalena. Es costumbre que los romeros suban en esa fecha desde La Arboleda, desde Triano o desde todos los rincones de Galdames a caballo, aunque también llegan muchos a pie.
Hacemos un alto en San Pedro de Galdames, nos refrescamos entre sus casas mineras y estudiamos el mapa para localizar la Vía Verde. La abordamos en La Aceña, junto a las balsas de Atxuriaga, terrenos inundados donde ahora se pescan truchas gigantes, de hasta cinco kilos.
A pedales podemos ahora recorrer tranquilamente este plano de ferrocarril que se ha acondicionado como vía verde a través de un paisaje exuberante sobre el río Barbadun.
Escondida a la orilla del Barbadún, bajo un espeso abrigo de acacias y castaños, encontramos una joya de la historia del hierro vizcaina: la ferrería del Pobal, construida en el siglo XVI por un sucesor del cronista Lope García de Salazar. Entre estos oscuros muros se fundió hierro y se forjaron clavos para la construcción naval, azadas, rejas de arado y todo tipo de herramientas que el mercado estaba esperando.
Los caminos del hierro terminan en el mar; hacia allá nos lleva un puente medieval por el que partieron los productos de El Pobal.
En el camino nos encontramos con un recio castillo. Es Muñatones, el solar de uno de los imperios del hierro desde la Edad Media. Dueños de ferrerías, controladores de caminos y de puertos, los señores de Muñatones-Salazar organizaron desde esta sus dominios y también sus correrías.
El color rojo del bidegorri ha reemplazado a la tierra ferruginosa que cubría el camino hasta la playa de La Arena y se cruza con rutas mucho más veloces que las que trajeron el hierro hasta el mar. Junto al Barbadun remansado, desembocamos en la playa. Pero tropezamos con los restos de los pilares que soportaron el tranvía aéreo que transportó el hierro de la mina Carmen; los baldes se cargaban con cestos llevados a hombros exactamente en el centro del actual campo de golf que hemos visitado anteriormente.
Ante nosotros se encuentra el gran puerto del hierro y el último de sus caminos: el mar. La barra de Portugalete y el gran tráfico de la ría dificultaron la entrada de los barcos en busca de carga. Por eso se habilitaron en la costa algunos muelles espectaculares y aventurados.
Vamos a descubrir sobre Pobeña, al borde del mar, otros testigos de la edad del hierro de Bizkaia. En la colina de Campomar estuvo instalado el mayor lavadero de mineral de toda Bizkaia que escogió esta ubicación para utilizar agua del mar. Largas filas de mujeres se ocupaban de la labor de "escogido", seleccionando manualmente el mineral según el tamaño.
El más importante tranvía aéreo de Europa después de un largo periplo colgando sobre colinas y valles descargaba el hierro en el lavadero que teñía el mar de rojo.
Datos de Interés
Los estanques que encontramos en la Arboleda no son lagos sino viejas galerías de minas llenas de agua. Pero, no se llenaron con agua de lluvia, los mineros, tras mucho agujerear llegaron hasta dentro y sacaron al exterior los ríos subterranos que fueron los que llenaron estas galerías de agua.
En La Arboleda todavía podemos ver algunas viejas casas de madera; construidas deprisa y corriendo, cuándo los mineros cambiaban de sitio para poder llevárselas.
Desde el quiosco de la plaza de La Arboleda dio un discurso la "Pasionaria", Dolores Ibarruri. "Pasionaria" anduvo sirviendo en el restaurante de Casa Sabina.
En 1958, a causa de los agujeros hecho para minas, miles de toneladas de rocas cayeron encima de la mina Elvira. Murió un joven de Triano que quería aprovechar un permiso de la mili para ganar algo de dinero. No puedo cobrarlo siquiera.
El castillo de Muñatones es una de las fortalezas más antiguas de Bizkaia, el único castillo de verdad.
En el interior del castillo tenían un pozo que en tiempos mejores suponemos que tuvo agua.
D. Lope García Salazar fue durante 500 años señor de la guerra y del hierro. Fue el dueño de las minas y del hierro, y controlaba los puertos y caminos.
Los puertos que están en La Arena son parecidos, los romanos embarcaban el mineral de hierro en esos peligrosos arenales.
En la playa de la Arena hubo dunas de hasta diez metros. Pero esas toneladas de arena, hoy en día, son casas.