Euskal Herria bide batez

Peregrinación a Arantzazu

Datos Ruta

A los pies de la sierra de Aitzgorri, los baserritarras de la comarca del alto Deba, llevan siglos realizando peregrinaciones al santuario de Arantzazu, recorriendo los agrestes senderos de la zona. Desde la aldea alta de Bedoña, entre barrancos y montañas, atraviesan el cerrado valle de Araotz, las abruptas gargantas de Sandaili y los caseríos del vía cruces de montaña. Y en esta ruta recorren senderos de pastoreo, calzadas medievales y pistas de montaña. Vamos a emular a las gentes de la zona en esta peculiar peregrinación a Arantzazu. Arantzazu es nuestro destino

Iniciamos nuestra peregrinación subiendo a la aldea de Bedoña que conocían muchos de los antiguos peregrinos y pasando por Larrino, descenderemos hasta el embalse de Urkulu.

Sobre la colina de Bedoña, en tierras de Mondragón, hay una antigua iglesia dedicada a Santa Eulalia.

La nieve nos ha sorprendido al inicio de la ruta, y eso que la colina de Bedoña está a poco más de 400 metros de altitud. Desde aquí, el monte Udalatz parece el Fujiyama japonés, y es que la nieve lo transforma todo.

Es hora de iniciar el camino. Dejamos Bedoña atrás y ascendemos un poco más. El caserío Urin nos marca la ruta a seguir.

Estamos ya en tierras de Aretxabaleta y desde aquí vemos que la aldea de Bedoña queda ya abajo. A la altura del caserío Iturriaga, dejamos la carretera asfaltada y cogemos una pista de tierra. Desde aquí son bien visibles las estribaciones de Aitzgorri.

Penetramos y atravesamos el bosque de Mukieta y seguido encontramos la carretera que nos conduce hasta la cercana iglesia de San Cristóbal de Larrino.

Desde Larrino, entre caseríos, bajamos rápidamente hasta el cercano embalse de Urkulu.

El embalse de Urkulu es un escondido refugio para las aves acuáticas. Rodeamos el pantano siguiendo el bidegorri que nos lleva sin pérdida posible. Las montañas se reflejan en las plácidas aguas de Urkulu.

Paseamos contemplando cimas y aldeas campestres que nos recuerdan a estampas tirolesas.

Desde la misma presa del embalse, sale una pista que nos llevará al collado de Urruxola Gaina y de ahí, bordearemos el monte Orkatzategi, para descender hasta Araotz.

Encontramos una pista al borde de la presa. Una fuerte subida de un kilómetro de cortafuegos nos llevará hasta el collado de Urruxola Gaina.

El collado es una encrucijada de caminos y seguimos ascendiendo por una senda neolítica, utilizada durante muchos siglos por los pastores para llevar sus rebaños hasta las exquisitas praderas de Deguria, uno de los lugares más apartados de Gipuzkoa.

Viajamos en dirección sur, bordeando la cima de Orkatzategi. El embalse de Urkulu va quedando cada vez más abajo.

Cuándo finalizamos la ascensión podemos caminar entre praderas salpicadas de monumentos prehistóricos. Y los caballos trotan en estas praderas desde el Neolítico, aunque parece que se asustan de nuestra presencia.

Este es el paisaje de los primitivos pastores vascos que, desde aquí, contemplaban la alargada sierra de Aloña y los barrancos de Arantzazu. Y, por primera vez, contemplamos el apartado valle de Araotz.

Una pista que desciende junto a la vetusta borda de Ugaztegi, el último punto de Aretxabaleta, nos conduce hacia el este. Hacia el valle cerrado de Araotz.

Descendiendo continuamente, encontramos el caserío Agerre.

Llegamos a Araotz. El corazón del barrio de Araotz, se apiña en torno a la peculiar iglesia de San Miguel. Y decimos que es peculiar no porque sea un templo gótico que curiosamente tiene una torre barroca, sino por lo que esconde en su interior.

Detrás de la iglesia, unas escaleras que sólo usan los vecinos, nos permiten descender hacia el grupo de caseríos de Ugaran.

Desde este conjunto de caseríos, nos despedimos de Araotz, y continuamos con nuestra ruta, siguiendo las aguas del saturado embalse de Jaturabe, para alcanzar la misteriosa ermita de Sandaili, y de allí, buscar una cama en la que descansar y reponer fuerzas.

Enfilando el cañón de Jaturabe, descubrimos infinidad de oquedades en las paredes que bien pudieran ser las primeras viviendas naturales de Araotz.

La carretera apenas tiene espacio entre la roca y el agua, y a veces a tenido que abrirse paso a cuchillo.

Todo lo que se mueve cerca del embalse, puede ser vigilado desde este refugio natural. Parece una guarida de bandoleros, pero en realidad, es una ermita, Sandaili, San Elías.

Estos barrancos esconden también otros fanatismos; la escalada.

Siguiendo el camino natural del agua, nos sumergimos en el fondo de estos barrancos de paredes verticales. En sus entrañas aún sobrevive el antiguo molino de Jaturabe que movía sus ruedas de molienda gracias a la corriente de un pequeño arroyo.

Su puente medieval ha sentido el paso de millares de peregrinos que, camino de Arantzazu, afrontaban aquí los últimos repechos importantes de la travesía.

Desde el puente medieval se ve el puente nuevo pero si algún peregrino hubiese visto lo mismo que nosotros seguro que creería que estaba viendo volar a los ángeles porque aquí, ocultos a las miradas de las autoridades, se iniciaron en sus saltos de vértigo los primeros practicantes vascos del puenting y ahora nos tomamos un respiro: Soraluze ostatua.

Desde el hotel retomamos la carretera a Arantzazu, pero enseguida descenderemos de nuevo hacia los barrancos para descubrir cuevas secretas y caseríos con historia.

Nos desviamos por una pista asfaltada que discurre a media ladera. Descendiendo por aquí contemplamos el cañón de Jaturabe por el que hemos pasado antes. Esta pista que seguimos es la calzada que conducía a Arantzazu y por ello la hemos tomado, abandonando la moderna carretera y descendiendo hacia los profundos barrancos. Esta ruta nos lleva a la vieja venta de Arrikrutz, hoy un simple caserío pero que durante siglos, acogió a viajeros y, sobre todo, a peregrinos que iban a Arantzazu. Aquí se abastecían o simplemente permanecían en la venta a resguardo esperando que amaneciera o que parara alguna de las fuertes nevadas que acostumbran a caer.

Desde Arrikrutz ascendemos brevemente a la carretera moderna a la altura de Kortakogain, para descender inmediatamente hacia otro de los barrancos que llevan a Arantzazu pasando por los caseríos Gesaltza.

La vieja calzada nos conduce hasta el río Arantzazu. Ahora tiene poco agua pero cuándo trae todas las lluvias desde Aitzgorri se precipita con ruido ensordecedor en la cueva de Gesaltza. Y ya fuera de la vista humana salta más de 100 metros de desniveles atravesando varias simas para aflorar más abajo, junto al embalse de Jaturabe.

Desde el rió, volvemos sobre nuestros pasos hasta los caseríos Gesaltza, para coger a su altura un camino que nos llevará hasta otro cauce de agua.

Cómo una serpiente gigantesca escurriéndose por el bosque, este canal lleva el agua del río Arantzazu, hasta la central hidroeléctrica de Zapata, en Oñate, y a la antigua cerrajera de Mondragón.

Siguiendo el canal encontramos el viejo molino de Akuegi. Hasta aquí bajaban a moler su grano los franciscanos de Arantzazu, desde que se fundó el monasterio.

En un costado del molino, cogemos el camino que ascendiendo sin descanso nos llevará directamente al santuario. Las manchas blancas y amarillas en los árboles nos guiarán sin pérdida hasta que el camino de tierra desemboque en una carretera asfaltada por la que subiremos 300 metros.

Estamos ascendiendo rápidamente, y a la altura del caserío Zoroaundieta por fin sentimos el sol. Las sombras y humedades de los barrancos, han quedado atrás. Recorremos otros 300 metros por otra pista aún más pronunciada y llegamos al caserío Zapiarre y, entonces, ya sabemos que Arantzazu está muy cerca.

El breve repecho final lo hacemos sintiendo la alegría interior que proporciona el camino realizado y la cercanía de Arantzazu.

Desembocamos en la carretera que une Oñate con el santuario y contemplamos el paisaje agreste que rodea el que para muchos es el centro simbólico de Euskal Herria; Arantzazu.

La nieve vuelve a sorprendernos al final de nuestra ruta. Estamos sobrecogidos ante estas torres espinosas que apuntan hacia el cielo con sus mil pirámides de piedra esculpidas.

Y en este impresionante escenario termina nuestra ruta de unos 25 kilómetros que nos ha llevado desde la aldea de Bedoña hasta el santuario de Arantzazu recorriendo alguno de los lugares más singulares de la Gipuzkoa más recóndita. Hoy en día los peregrinos llegan en autobuses a Arantzazu pero nosotros hemos querido recorrer una antigua senda utilizada durante siglos y casi olvidadad. Una auténtica ruta de peregrinación a Arantzazu.

Datos de Interés

Entre los barrancos de Bellostegi y Aitzabal, el pastor Rodrigo del caserío de Baltzategi, encontró sobre un espino blanco la talla de una pequeña virgen. Ocurrió en 1469 y allí mismo se levantó una ermita. Después, hace ya 500 años, los franciscanos fundaron un convento y santuario que muy pronto se convirtió en centro simbólico de peregrinación. Primero para los valles vecinos y después para toda Euskal Herria.

Ermita de Santa Eulalia; Es una de las poquísimas iglesias románicas de Gipuzkoa y también una de las más antiguas. Sus preciosas ventanas lo demuestran. En el interior del pórtico se conserva desde hace siglos el arcón diezmero donde se guardaba la parte de la cosecha que los feligreses destinaban para mantener a la iglesia o para la misericordia de los necesitados. En el interior de la Iglesia de Santa Eulalia todo parece estar equilibrado y no sospechamos que la bóveda que cuelga sobre nuestras cabezas y que parece de piedra es en realidad una antiquísima estructura de madera de roble, bien disimulada por la pintura.

Iglesia de San Cristóbal de Larrino; Esta iglesia es el escenario de una curiosa leyenda. La tradición dice que esta era la parroquia del famoso Mateo Txistu, el cura silbador Martín Abade. El cura era un apasionado de la caza y acostumbraba a practicar con sus perros por los alrededores de la iglesia. Cuentan que, en una ocasión, sus perros empezaron a ladrar estrepitosamente mientras oficiaba misa y, dejando plantados a sus fieles, salió corriendo armado con su escopeta tras una liebre descomunal, que no era otra cosa que el mismísimo diablo. El cura nunca más volvió y desde entonces dicen que Mateo Txistu aún anda silbando a sus perros por estos caminos.

A aldeas como Aozaratza, algún turista que contempló su silueta en el embalse, la llamó la Suiza vasca.

El collado de Urruxola Gaina separaba las tierras del valle real de Leniz y las del condado de Oñate. Y a estas praderas subieron en el siglo XV los guerreros de Leniz y los de Oñate para resolver disputas de lindes y pastos. Sin mediar siquiera una conversación se enzarzaron en una cruenta batalla, sembrando estas praderas de sangre y muertos. Ganaron los de Oñate y, aunque su caudillo Pedro de Garibai, volvía moribundo, tan feliz estaba por la victoria que aún tuvo fuerzas para entonar la que pasa por ser una de las más antiguas canciones medievales que se recuerdan en euskera. "Gaiça çenduan leinztarroc Urruxolako lecayoa, Sendo çenduan odolori biurtu jaçu gaçatua".

Cuentan que el pequeño valle de Araotz, fue poblado por un grupo de bandidos desterrados aquí por el belicoso conde de Oñate, a sabiendas de que este castigo era peor que la mismísima pena de muerte a la que habían sido condenados.

El caserío Agerre con la fachada presidida por el busto del general Elorza, militar y pionero metalúrgico que nació en esta casa. Pero el caserío es más famoso porque desde los años 50 se dice que aquí también nació el feroz Lope de Agirre, el conquistador que buscaba el mítico El Dorado. Agirre se amotinó contra el rey Felipe II, y mató a su propia hija y a 70 de sus hombres, antes de ser descuartizado en la selva de Venezuela.

La iglesia de Araotz es como una pequeña catedral de madera, con las columnas y bóvedas talladas en roble. Esta es una de las más antiguas y ambiciosas iglesias de este tipo levantadas en la comarca, y una rareza que existe en muy pocos lugares del mundo.

Caseríos de Ugaran: Bajo un cobertizo que cobija a las gallinas picasuelos, se protege de la lluvia el viejo perratoki, el potro de herrar, víctima del óxido y la carcoma. No queda ya por estos valles ningún buen herrador que conozca el oficio, ni tampoco le traen bueyes o caballerías a las que calzar.

El pequeño embalse de Jaturabe, permitió hace casi un siglo, dar fuerza a las primeras industrias guipuzcoanas del hierro. Un larguísimo canal fue tallado en la roca viva de estas escarpadas laderas para llevar el agua a la central eléctrica de Olate que todavía mueve diariamente sus turbinas.

La ermita de Sadaili es semirrupestre, es decir, se aprovechó parte de la cueva natural del acantilado para construir la capilla. En esta gruta se cultivan aún antiguas creencias de origen precristiano que atribuyen al agua el poder de otorgar la fertilidad. Las mágicas goteras de las estalactitas de la cueva llenan un pilón de piedra al que las mujeres estériles iban a sumergir sus genitales para lograr la fecundidad. En la parte superior de este pórtico natural encontramos la ermita en sí con una pequeña imagen de San Elías tras la verja.

Las paredes de Araotz son un santuario mundial de la escalada llevada a sus límites máximos de dificultad. A estas paredes calizas acuden una y otra vez algunos de los mejores escaladores del planeta. Este es uno de los lugares favoritos del campeón mundial, el eibarrés Patxi Usobiaga.

La lazkaotarra Josune Bereziartu, la mejor escaladora del planeta también le tiene un cariño especial a la roca de Araotz. Y es que aquí, con la fuerza de sus dedos como única herramienta para vencer a la verticalidad de las paredes encuentra una variedad infinita de caminos hacia el cielo.

Soraluze ostatua nos acoge en las proximidades de Oñate, muy cerca del caserío Baltzategi del que era originario el pastor que encontró la imagen de la virgen en Arantzazu hace más de cinco siglos.

Aquí nos aguardan los manjares del siglo XXI y también las comodidades de nuestra centuria porque los peregrinos de hoy en día son menos sufridos que los de antaño. En este lugar podemos imaginarnos ser el mismísimo conde de Oñate, con todos sus dominios a la vista, con sólo asomarnos a la terraza.

En la venta de Arrikrutz, dice la tradición, que paró la virgen a descansar en su peregrinación a Arantzazu. Por eso se colocó aquí una hornacina de piedra. Nadie sabe hace cuántos siglos, aunque algunos dicen que al menos son cuatro.

Santuario de Arantzazu; Impresionados por los cuerpos abiertos de los 14 apóstoles de piedra de Oteiza descendemos a la caverna telúrica de Arantzazu, cruzando el umbral más allá de sus puertas de bronce.

Saenz de Oiza, Oteiza, Txillida, Basterretxea, Laorga, Muñoz, Eulate, Egaña...los artistas más rebeldes e innovadores del momento iniciaron en 1959 la primera obra de arquitectura moderna de Euskal Herria, un monumento de símbolos al borde de estos escarpados barrancos que es una prolongación de la roca misma. Arantzazu es la fuerza hecha arquitectura.

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