Camino Real de San Adrián
Datos Ruta
Durante 700 años un importante camino real, atravesó las murallas de la sierra de Aitzgorri por un oscuro túnel conectando la costa francesa con la llanada alavesa y Castilla. Desde la costa, los viajeros remontaban el curso del río Oria, hasta alcanzar la última ciudad amurallada, y por tanto segura, antes de iniciar la terrible ascensión al túnel de San Adrián.
Al otro lado del túnel, atravesando espesos bosques habitados por pastores y bandidos, confiaban en poder descender hacia otra villa protectora, Salvatierra.
El cauce del Oria nos conduce a los pies de Segura, encastillada en un cerro al que históricamente se ha subido por el llamado puente de Zerain. Cruzamos el Oria sobre las vetustas piedras del puente y la empinada cuesta nos lleva hasta una de las puertas de la muralla medieval; el antiguo portal de Zerain.
Recorramos la calle Mayor. La calle Mayor de Segura rebosa esplendor arquitectónico. Alargada y estrecha, la calle nos muestra las riquezas de épocas pasadas.
Hoy en día, la plaza de San Juan, sigue reuniendo como en sus mejores tiempos, mercados, bodas y toda clase de celebraciones festivas.
Salimos de Segura por donde estaba el antiguo portal de Castilla. La puerta y la muralla desaparecieron hace tiempo, pero lo que todavía se mantiene en pie es el palacio de Arrúe en el que el contador real, Martín Iñiguez de Arrúe, fiscalizaba para los Reyes Católicos, cada carga transportada por este camino que atravesaba la encastillada villa de Segura.
Pero Segura no nació donde está ahora, sino junto a la ermita de San Andrés. Aquí se instalaron las primeras casas de Segura hace más de 800 años, antes de poblar la colina en la que algunos ferrones ya fundían hierro.
Y de ermita a ermita porque al pie del camino real encontramos la ermita de San Sebastián, en la que los viajeros pedían salud y suerte, ante el riesgo que iban a afrontar.
Remontando las aguas del Oria llegamos a Zegama, pero antes vamos a indagar en los muros de una vieja ferrería, la ferrería de Arrabiola.
Aguas arriba nos espera Zegama. Entramos por la calle que sube junto a la iglesia por la que también llegaban hace siglos los muleros y viajeros. Aquí hubo más de 20 posadas y tabernas en las que se aprovisionaban antes del temido ascenso a las murallas rocosas del Aitzgorri.
La sierra se percibe amenazadora desde el centro de Zegama donde la iglesia de San Martín advierte a los viajeros acaudalados sobre lo que se espera de ellos.
Es momento de hacer honor a la secular hospitalidad caminera de Zegama. La energía necesaria para acometer la ascensión al puerto, la encontramos en Herriko Ostatua.
Combustible de la tierra, potente y fundamental para salvar los casi 1000 metros de desnivel que nos esperan atravesando los más agrestes paisajes de la sierra de Aitzgorri.
Tampoco nos vendrá mal aprovisionar nuestros macutos, es la última oportunidad civilizada hasta la llanada alavesa.
Al salir de Zegama, a la altura del caserío Zelaieta, vamos a coger primero una pista de cemento y luego un camino de tierra, que tras pasar por un par de ermitas, nos llevará directamente hasta el túnel de San Adrián, siempre vigilados por los peñascos de Aitzgorri.
El valle del Oria va quedando abajo. En esta continua ascensión, sólo nos acompañan algunos caseríos y ermitas, que servían de refugio de urgencia para viajeros y peregrinos atrapados por el temporal. Un ejemplo es la ermita de Las Nieves, en cuyo interior, se guarda una imagen de la virgen del S.XIII, que dice que tiene el poder de capear los temporales.
Retomamos la ascensión por una especie de autovía París-Madrid del siglo XVI que era el camino real de San Adrián.
La pista de cemento sólo llega hasta el caserío Buenavista, aunque, curiosamente, por estas alturas solitarias, también pasa otro medio de locomoción moderno, el ferrocarril; la línea Madrid-Irún sigue pasando por aquí tal vez por este camino que parece remoto y perdido, siga siendo una de las mejores rutas para conectar Francia con la Meseta.
A partir de aquí, solo es posible viajar cómo en los viejos tiempos, a pie o a caballo. La calzada queda ahora solitaria, al abrigo de las paredes de Aitzgorri, un camino que hace 500 años era un hervidero y que ahora sólo transitan pastores, ganaderos o viajeros cómo nosotros.
Tras ascender unos dos kilómetros atravesando un bosque denso y oscuro, el repecho se suaviza y frente a nosotros aparece la ermita de Sancti Spiritus.
La ermita está a sólo un paso del lugar más emblemático de esta travesía, el túnel de San Adrián. Desde aquí ya vemos las paredes de piedra infranqueables, y al fondo, la boca oscura del túnel.
La muralla caliza de Aitzgorri, queda aquí providencialmente perforada por un agujero natural, excavado por las aguas hace miles de años. Esta perforación natural permitió abrir por aquí una calzada natural.
Entramos por la boca norte del túnel de San Adrián. Flanqueamos el arco en el que se pagaba el peaje. Desde esta altura merece la pena detenerse un momento a contemplar el paisaje.
La boca sur es tan baja que obligó a agachar la cabeza a los reyes y príncipes que cruzaron el túnel. Al salir del túnel vamos a penetrar en un frondoso bosque de hayas con varias fuentes en las saciar nuestra sed antes de comenzar a descender hacia Zalduondo.
El empedrado de la calzada real nos conduce sin pérdida, y discurre por un territorio muy peculiar. Tierra de muchos, tierra de nadie. Atravesamos la llamada parzonería mayor, unos pastos comunales que no pertenecen a ningún ayuntamiento sino a un conjunto de municipios de Gipuzkoa y Álava en los que los rebaños pueden pastar libremente.
La fuente de Eskaratza, que dio de beber a caballerías, arrieros, reyes y peregrinos y nos sigue quitando la sed a los caminantes del siglo XXI.
Alcanzamos el punto más alto de nuestra ruta en el collado de Lezearan, a más de 1100 metros de altura, aquí comienza ya Álava.
Lo más difícil de la ruta ya ha quedado atrás, ahora todo es descenso.
En un claro del bosque encontramos un crater lleno de agua y, aunque parezca increíble, es el agujero de una exploración petrolífera del siglo XX.
Aquí el hayedo es tupido. Entre estas hermosas hayas baja el arroyo cantarín de Kastiaran, un abrevadero de urgencia para quienes, desde la llanada, debían encarar la subida en dirección norte.
De pronto, los hayedos se transforman en espesos robledales, y un mar de bosques nos lleva hacia la llanada alavesa.
Tierra llana a la vista, se acabaron las penurias, debían pensar los viajeros del pasado.
Ya muy cerca de la llanura en una suave colina nos topamos con una ermita llamada San Julián y San Basilisa.
A kilómetro y medio está nuestro objetivo: Zalduondo. La iglesia de Zalduondo es como un enorme castillo que domina el rellano a sus pies. La parroquia de San Saturnino parece desproporcionada frente a las otras edificaciones de Zalduondo.
Pero si en Zalduondo hay que visitar algún edificio es el Palacio de los Lazarragas, hoy museo etnográfico.
Estamos ya muy cerca de Salvatierra, pero este viejo camino real que estamos siguiendo nos lleva antes a dos lugares inevitables. La primera de las paradas es en la iglesia de San Millán que está en un cerro desde el que domina el penúltimo pueblo de nuestra ruta.
El camino siempre ha pasado por Ordoñana que parece no haber cambiado demasiado a lo largo de los siglos.
Desde el alto del Cuco, se divisan las murallas de una villa que tiene un nombre que nos dice que ésta ya es una tierra libre y a salvo. Salvatierra, una ciudad medieval perfecta, alineada en forma de almendra entre sus dos iglesias, en lo alto de una colina.
El eje central de Salvatierra es su calle Mayor, recta y alargada. Vamos a recorrerla de Norte a Sur, como los viajeros que llegaron de Francia, para maravillarnos con los palacios de mercaderes, artesanos y burgueses que se enriquecieron y ennoblecieron gracias al camino real.
El extremo sur de la villa lo cierra la majestuosa y fortificada iglesia de San Juan.
Visitamos seguidamente la iglesia de Santa María, imponente bloque de piedra que cierra y vigila el extremo norte de Salvatierra. Entramos para subir por oscuros pasadizos secretos hasta un balcón incomparable; el Paseo de Ronda de la antigua muralla.
Lejos queda ya Segura en nuestro recuerdo. Tales han sido los avatares que hemos tenido que superar en esta ruta por el Camino Real de San Adrián. Unos 23 kilómetros de recorrido que nos han plantado en el corazón mismo de la llanada alavesa, igual que durante 700 años hicieron los viajeros procedentes de la costa francesa con destino a Castilla.
Datos de Interés
Segura siempre hizo honor a su nombre. Fundada para crear una ruta segura entre los reinos de Castilla y Francia. La espiamos desde la vieja ferrería de Ondarra, al borde mismo del río Oria.
Segura sólo tuvo que defenderse a cañonazos durante las guerras carlistas pero estas troneras intimidaban a posibles enemigos.
Calle Mayor de Segura: En el S.XVI en Segura había 21 notarías, más que en Bilbao. Los palacios de Jauregi, Arbizarra, Guevara...confirman la prosperidad que tuvo esta villa. Todavía vemos las casas de los grandes mercaderes y notarios que se enriquecieron con el Camino Real.
Pero cuándo este camino perdió su importancia, a finales del s. XVIII, Segura quedó congelada en el tiempo. Y aquella desgracia es hoy un privilegio que nos permite contemplar intacto su esplendoroso pasado.
La ferrería de Arrabiola: un monumento a tamaño natural a las decenas de ferrerías que poblaron el río Oria. Y es que, aquí, quien no hizo negocio con el transporte de mercancías, lo hizo con el hierro.
Zegama era el último descanso posible que tenían los viajeros antes de comenzar a trepar las laderas de Aitzgorri.
En la iglesia de San Martín vemos que su portada se concibió como ejemplo moralizante, con la imagen de San Martín a caballo; un jinete rico compartiendo su capa con el pobre.
Junto al río Oria, en las afueras de Zegama, todavía aguanta en pie Ugarte-Zahar, una venta caminera de hace 500 años. Los mulos y caballos tenían su propio lugar de avituallamiento, y aquí se hospedaron las comitivas de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, y la del mismísimo emperador Carlos V.
La ermita de Sancti Spiritus era más que una ermita porque aquí aguardaba permanentemente un monje con el único objetivo de auxiliar a los caminantes que necesitasen ayuda,... y todo en nombre del Espíritu Santo.
El túnel de San Adrián era la llave del camino Real, y necesitaba estar protegido, por los hombres y también por los santos. Aquí hubo una guarnición militar vigilando el paso, una hostelería y taberna y esta ermita para ofrecer protección espiritual, a quien se adentrara en este tenebroso pasadizo. Aquí los viajeros llegaban ya agotados, y muchas veces, el túnel era la puntilla.
Sólo podemos imaginar el temor que hace cuatrocientos años sentían aquí los viajeros, porque en los recovecos del túnel solían agazaparse lobos hambrientos, bandoleros que asaltaban a los viajeros, con quienes puede que la noche anterior hubiesen estado compartiendo mesa en la taberna del túnel.
Se dice que el mismísimo emperador Carlos V tuvo que desmontar de su caballo para salir por la boca sur del túnel de San Adrián. Precisamente que no pudieran pasar carruajes ni diligencias por el túnel fue lo que provocó el cierre de esta ruta a finales del S.XVIII.
Al collado de Lezearan también se le conocía cómo el collado de la Horca, probablemente porque aquí se ajustició públicamente a uno de los bandoleros del túnel.
En un claro del bosque encontramos un crater lleno de agua y, aunque parezca increíble, es el agujero de una exploración petrolífera del siglo XX. A este lugar se le conoce cómo Petroleras porque aquí estuvieron haciendo sondeos para extraer petróleo hace 80 años. Pero nunca encontraron el oro negro.
Hace siglos un enorme olmo sobresalía por encima de todas estas hayas y servía de señalización natural a los viajeros. Además dio nombre a este bosque Zumarraundi, el gran olmo.
Ermita de San Julián y San Basilisa; Este misterioso templo es lo único que queda de una aldea milenaria ya desaparecida llamada Aistra. Esta ermita tiene más de 1000 años, y es una de las más antiguas del País Vasco. En el centro de su ábside encontramos una estrecha ventana prerrománica, de estilo asturiano.
La villa de Zalduondo fue propiedad del rey y controlaba estratégicamente el camino Real, de hecho entre las casas del pueblo localizamos el antiguo hospital de Santa Casilda, en el que se atendía a los viajeros del camino. En 1384, el rey Juan I regaló Zalduondo al Canciller López de Ayala y de sus sucesores pasó a los Guevara, descendientes del Conde de Oñate.
El portentoso palacio renacentista de los Lazarragas lleva 500 años haciendo más bella a Zalduondo. Además tiene guardia propia, los dos gizones que nos vigilan sobre la puerta, impasibles al paso del tiempo.
Los gizones no se alteran ni siquiera en un día especial para Zalduondo; el domingo de Carnaval. El de Zalduondo es el carnaval más curioso de Álava. Los gizones no se inmutan ante la algarabía que se forma a sus pies. El protagonista del carnaval de Zalduondo es el estrafalario Marquitos, que es paseado por todo el pueblo en compañía de otros personajes carnavalescos. Pero a Marquitos poco le dura la fiesta, porque es ajusticiado en la hoguera como causante de todos los males de la villa. Marquitos es un símbolo, y al ser pasto de las llamas, quedarán expiados los pecados de todos los habitantes de Zalduondo. Se cumple así uno de los rituales del calendario festivo de Álava.
En la iglesia de San Millán se reunían en la Edad Media todas las aldeas de la hermandad de Eguilar, es decir, todos los labradores de la comarca, para defenderse de los abusos de los grandes señores feudales.
Las txarribodas siempre nos recuerdan a tiempos pasados. Primero hay que limpiar bien la piel del cerdo para pasar luego al despiece. Escenas como esta de la vida cotidiana han caido casi en el olvido, pero afortunadamente, en nuestro paso por Ordoñana, hemos podido recuperarla.
Salvatierra: Las murallas de Salvatierra eran sinónimo de salvación para los viajeros que llegaban de las inseguras estribaciones de Aitzgorri.
Por la calle Mayor de Salvatierra bajaban los arrieros con sus caravanas de mulos tras haber pagado peaje en la puerta norte de la ciudad.
La plaza en la que se levanta la iglesia de San Juan en Salvatierra siempre ha sido el centro neurálgico de la villa. Aquí en un día de mercado de hace 500 años, se hacían y deshacían cientos de tratos. Y bajo los soportales, arrieros, peregrinos y viajeros, recordaban los sufrimientos pasados en el túnel de San Adrián o especulaban sobre lo que podrían encontrarse allí si iban en dirección a Francia.