Urdaibai
Datos Ruta
Hace muchos miles de años Santimamiñe ofreció refugio a los primeros habitantes de Urdaibai: los clanes de cazadores paleolíticos, que desde Santimamiñe acechaban a sus presas, o bajaban a la playa para recolectar marisco entre las rocas, sobre todo ostras y mejillones.
Tras pasar el valle de Basondo llegamos a Oma.
El arroyo de Oma es uno de los riachuelos laterales que alimentan la cuenca de Urdaibai. Nada más nacer, este pequeño río se pone a trabajar, y se encauza para mover las palas de una vieja ferrería, y una turbina que daba luz a todo el barrio.
Después de unos metros entre huertos y frutales, el río nos invita a seguirle por una pasarela y a buscar un sendero escondido que desaparece entre la vegetación. Vamos a descubrir un rincón secreto, llamado Bolinzulo.
Completamente ocultos en una hondonada, descubrimos dos viejos molinos de trigo y maíz. Tan bien camuflados, que en la dura época de la postguerra y el racionamiento, fueron los únicos de la comarca que trabajaron sin ser descubiertos por la autoridad.
En el vecino valle de Basondo los caseríos comienzan a esponjarse, punteándonos el camino a seguir.
Este valle escondido es un lugar ideal para que crezcan las viñas de txakoli. Un lugar muy cercano donde poder probar ese txakoli, y reponer fuerzas durante nuestra ruta, es el caserío Lezika situado al pie de la cueva de Santimamiñe.
Este caserón del siglo XVIII, transformado en restaurante, todavía conserva intacta su vieja prensa de uva, toda ella de madera, en una esquina del soportal.
Y desde aquí mismo, una pista de tierra nos conduce a un lugar encantado... El Bosque Pintado. Esta plantación de pinos fue transformada por Agustín Ibarrola en un baile de luces y colores, pintados sobre la corteza de los árboles.
Tras pasear por este bosque encantado nos encaminados a la cima del monte emblemático de la comarca, el de San Miguel de Ereñozar desde dónde hay una vista inmejorable de Urdaibai.
Después bajamos hacia Kortezubi, atravesando el precioso barrio de Enderika. Y camino de Enderika, entre los árboles, podemos espiar en la orilla de enfrente al núcleo de Forua, el "foro" fundado por los romanos hace 2.000 años.
Seguimos descendiendo hacia el agua y llegamos a Enderika: un pequeño grupo de caseríos junto a la ermita de San Esteban, que se esconde a la sombra de un corpulento robledal, y cuyas huertas, desde la altura, se asoman ya a las zonas inundables de la marisma.
Desde Kortezubi ya se puede navegar por Urdaibai. Los pequeños pantalanes y rampas de embarque que descubrimos, nos confirman que esta es una ría viva.
En algunos puntos de la ría, la diferencia entre la pleamar y la bajamar alcanza los 4 metros y medio. Estas subidas y bajadas diarias del nivel del agua, han hecho que ésta sea una zona de una actividad extraordinaria, en la que proliferaron ingenios singulares. Como los molinos de mareas.
Nos acercamos al castillo de Arteaga. La torre es nueva, pero la base de los cubos de la muralla exterior es la misma que encargó construir en 1514 el joven Juan de Arteaga, hijo de un linaje sangriento, aunque él nunca llegó a combatir.
Desde el castillo, un estrecho camino nos conduce hacia la marisma, atravesando el barrio de Ozollo. Y al borde mismo del agua, nos esperan sorpresas que han sobrevivido al pasado. Una de ellas es el molino de mareas de Ozollo. El último molino de mareas de Euskal Herria. Y uno de los últimos supervivientes del Cantábrico.
El molino de Ozollo está al pie de una colina, que recibe el nombre de Isla. Puede que porque hace ya muchos siglos, el agua la rodeaba casi por completo. Y aquí descubrimos también una pequeña y enigmática ermita, la de San Lorenzo.
San Lorenzo es el edificio más antiguo de Urdaibai: una iglesia del siglo X, con una ventana monolítica... de origen inexplicable.
En Busturia encontramos el sitio ideal para escondernos, y observar sin ser vistos, el incansable picoteo de las aves que revuelven el suelo buscando alimento.
En nuestra ruta descubrimos las ruinas de un criadero de ostras, del que se abastecían las mesas de un elegante hotel, que estuvo situado en la cercana isla de Txatxarramendi.
Llegamos a Kanala, esta población de marinos cuenta de una de las mejores vistas sobre Urdaibai.
La iglesia de Legendika de Kanala, ha sido desde siempre un faro de referencia para las gentes de esta zona. Y no sólo para los difuntos. También para los vivos. Porque justo al pie de la iglesia nace una empinada escalera que muy pocos conocen. Por un túnel verde, protegidos y ocultos por la vegetación, descendemos por un antiguo sendero, que nos lleva a una pequeña playa desierta. Un lugar ideal para perderse.
La playa de Kanala marca el final de las marismas. Continuamos en la orilla derecha de Urdaibai.
La bajamar nos lleva a otro sorprendente rincón, muy próximo a la ensenada de Arketas: la gran duna de Laida. Año tras año la vemos crecer en altura.
Txatxarramendi, en la ribera izquierda, es uno de los islotes más bonitos.
Seguimos a una chalupa para que nos acompañen a descubrir la entrada de uno de los últimos rincones secretos de Urdaibai. También está en la orilla izquierda, justo en la frontera entre Pedernales y Mundaka. Es la rada de Portuondo. Un fondeadero escondido, protegido de las corrientes, de las tormentas y de las miradas no deseadas.
Terminamos nuestra ruta en Mundaka, que es el primer puerto de refugio seguro de la bocana de Urdaibai. Una cala natural de rocas, reforzada con la protección de los muelles de la Atalaya y de Santa Catalina.
Datos de Interés
El río, desde el punto en que se convierte en ría, cambia también de nombre. Al parecer ha tenido diferentes denominaciones en la historia, pero en los últimos tiempos se ha quedado con la más sonora y enigmática de todas: Ur-da-ibai. Éste es sólo uno de los misterios de esta ruta que sigue el camino del agua por el Río del Jabalí: Urdaibai.
En el interior de la cueva de Santimamiñe hay un santuario secreto, en el que un chamán prehistórico pintó las manadas de bisontes y caballos salvajes, que pastaban a los pies del monte Ereñozar.
El valle de Oma es uno de los parajes rurales mejor conservados de Bizkaia. Oma es un barrio de caseríos antiquísimos, algunos con más de quinientos años de antigüedad. Y al recorrerlo en esta ruta, es como si estuviéramos visitando un museo de las más bellas casas vascas del pasado.
El drenaje natural de las tierras, su humedad y el microclima especial del valle escondido de Basondo, hacen de él un lugar ideal para que crezcan las viñas de txakoli, que en mayo comienzan a dar sus primeros racimos.
En el desván del caserío Lezika, situado al pie de la cueva de Santimamiñe,dormían el Padre Barandiaran y su equipo de arqueólogos durante las excavaciones que realizaron en la caverna.
En la ermita de San Miguel de Ereñozar hay un misterioso sarcófago de piedra, que perteneció a un difunto de hace más de mil años. En él se recoge el agua de lluvia que penetra a través de un hueco abierto en el tejado. Quien se lava con este agua y toca la campana, ahuyenta al diablo y queda milagrosamente curado de numerosas enfermedades.
Para algunos, la primera iglesia de Santiago de Kortezubi, pudo ser un hito del camino costero a Compostela, pero no hay ninguna prueba de que algún peregrino despistado requiriera jamás su hospitalidad.
Quién conocía muy bien las posibilidades de los molinos accionados por la energía de las mareas, y de hecho explotó activamente muchos de ellos, fue el Señor de la Torre de Arteaga. Uno de los diez hombres más poderosos de Bizkaia.
La Emperatriz Eugenia de Montijo, descendiente lejana de los Arteaga y reina de los franceses, habiendo puesto de moda en la corte los veraneos en Biarritz, encargó en 1856 la reedificación de la ruinosa torre de Arteaga como un signo de agradecimiento a los vizcaínos, para embellecer su paisaje.
Hay quien cuenta que en el viejo embarcadero de Kanala, donde se encontraba el astillero de Learreta, se pertrechaban barcos para el tráfico negrero. Pero deben ser leyendas, porque el calado de las aguas no es lo bastante profundo para aquellos grandes buques.
La gran duna de Laida es sólo una sombra de las grandes montañas de arena que se formaban en la desembocadura de Urdaibai hasta 1956. Ese año una monstruosa tormenta barrió toda la costa europea, y el gran sistema dunar desapareció para siempre.
La isla de Txatxarramendi fue comprada por Pedro Pascual Gandarias y Urquijo en el año 1880, por la cantidad de 25.000 pesetas. Y donde hoy se alza un instituto de investigación de la vida marina, hace un siglo se construyó uno de los hoteles más lujosos de la costa cantábrica. A él acudían aristócratas, políticos y estrellas de cine. La mismísima Ava Gardner se alojó en Txatxarramendi. Y solía ser recogida en una chalupa centenaria que hoy en día todavía existe, para cruzar el canal de Urdaibai y embarcarse en el yate del acaudalado Pedro Pascual Gandarias, amigo personal de la actriz.
El fondeadero de la rada de Portuondo está protegido de las corrientes, de las tormentas y de las miradas no deseadas. Ya lo utilizaron hace dos milenios las naves de carga romanas, y dicen que hasta época muy reciente ha estado recibiendo discretas visitas nocturnas, y cargas no declaradas.